58 Intervalo

Zehar #58

58 Intervalo

Pocas prácticas estéticas nos aproximan tanto a la experiencia del viaje como aquella que nos ofrece la deriva por las historias del cine, en sus cien años de historia (à la Godard). Saliendo de una película para entrar en otra, nos sumergimos así en ese caudaloso flujo de un tiempo y un espacio construidos para nuestra mirada: aunque esta deriva pase hoy en día inevitablemente por la renuncia a la luminosa transparencia propia de la película de celuloide, y dependa por el contrario de una más bien opaca reproducción consecuencia de la proliferación del disco de vídeo digital (DVD).

Pero, se trate de un cine, de un televisor o de un ordenador, ¿qué es lo que vemos en la pantalla? Lo que vemos es que ante nosotros, en la imagen, hay un mundo que se agita. Así ayer como hoy. André Bazin decía (y recientemente nos lo recordaba en Arteleku Víctor Erice), que hay cineastas que creen en la imagen, y cineastas que creen en la realidad, que muestran confianza ante ella; el objetivo del cineasta consistiría, en cualquier caso, en capturar la vida inherente a ese mundo agitado (aunque se trate de una vida que siempre terminará escapándose, inexorablemente, como arena entre los dedos). Podemos, a partir de ahí, pensar en el tiempo propio del relato (sea de ficción o sea documental, tanto da) como en un tiempo abierto a lo que esa vida, ese mundo agitado, pueda depararnos bajo las vestiduras del azar. Si convenimos con el propio Erice en que la experiencia contemporánea del cine es de carácter crepuscular, en concordancia con un momento de crepúsculo civilizatorio, sólo pueden quedarnos ante ello dos alternativas: o bien entonar un sentido y nostálgico réquiem por el cinematógrafo, o bien aprender a apreciar de nuevo la belleza del mundo, también incluso enel marco de un entorno espectacular dominantemente audiovisual, en el que ya hemos perdido la distancia necesaria para la representación; y aún así, desde esa pérdida de la distancia, aprender a ser capaces de apreciar la belleza, imbuidos en una plena confianza (de raigambre rosselliniana) en la realidad misma.Y somos, claro, demasiado jóvenes para el réquiem, todavía.

 

GABRIEL VILLOTA TOYOS


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